sábado, 3 de mayo de 2014

Dios en busca apasionada de un ladrón de bancos

Dios en busca apasionada de un ladrón de bancos

Dios en busca apasionada de un ladrón de bancos

Después que me entregué a la FBI, me entregué al Espíritu Santo.

Shon Hopwood/ Christianity Today

No era necesario ser un genio para darse cuenta de que la vida que estaba llevando me había conducido a nada más que desastre y destrucción. Era el verano del 2009, y yo acababa de cumplir una condena de casi 11 años en una prisión federal por mi participación en cinco asaltos a bancos que había cometido en mi juventud insensata. Después de mi liberación, me mudé a un apartamento con el amor de mi vida, Annie. Dos semanas más tarde le propuse matrimonio. Una semana después, nos enteramos de que estaba embarazada.

A los 35 años, estaba a punto de convertirme en marido y padre, aunque no teníamos dinero, ni tampoco un verdadero plan para nuestro futuro.

Puede aterrorizar a algunos lectores de CT saber que crecí en un hogar cristiano en Nebraska en una zona rural. Mis padres habían comenzado una iglesia local. Cuando mi carrera en el baloncesto de la escuela secundaria fracasó, la posibilidad de ir a la universidad desapareció, y la oportunidad de entrar a la Fuerza Militar no se concretó, me quedé con una total falta de propósito, susceptible a la adicción y la depresión. Cuando mi igualmente depresivo mejor amigo me sugirió robar un banco, me pareció una idea legítima.

Robamos cinco bancos, con armas de fuego, asustábamos a los cajeros y clientes casi hasta la muerte. Yo sabía que estaba mal. Sin embargo, no podía dejar el dinero, las fiestas y el estilo de vida fácil que las grandes sumas de dinero ajeno me trajeron. No me detuve hasta que el FBI me abordó en el interior del vestíbulo de un hotel Double Tree en Omaha. Un año más tarde, me paré frente a un juez federal, con piernas débiles y espíritu tembloroso, el cuál me condenó a más de 12 años en una prisión federal. Tenía 23 años.

Aprendiendo a amar la Ley

La cárcel no es un lugar para el crecimiento personal. Pero hubo pequeños actos de gracia. Para escapar de los hombres que me rodeaban, tomé un trabajo en la biblioteca de derecho de la prisión. Cuando no estaba acomodando libros, comencé a aprender acerca de la ley. Me di cuenta que me gustaba el proceso de resolver rompecabezas legales para mis amigos. Por lo que en los últimos años, me hice cargo de algunos de los casos de mis compañeros presos, escribiendo peticiones que presentarían después en los tribunales federales de todo el país, incluso en la Corte Suprema de los EE.UU.

Las probabilidades de que la Corte prestara atención a un caso presentado por un preso es de menos del 1 por ciento. Sin embargo, la Corte otorgó dos peticiones que había preparado para mis amigos. Mis compañeros de prisión empezaron a llamarme el "abogado de la cárcel."

Después recibí otro regalo: Annie, mi amor secreto durante toda la secundaria, comenzó a enviarme cartas, y a través de cientos de cartas, llamadas telefónicas y visitas, nos hicimos buenos amigos.

Creo que muchos padres hubieran abandonado a alguien como yo. Pero los míos continuaron orando por mí. Mi mamá continuó enviándome libros cristianos , incluso después de que le dije que dejará de hacerlo. Yo leía esos libros y me preguntaba si Dios se había olvidado de mí. Yo no estaba muy preparado para Dios, pero tampoco podía ignorar la transformación que había visto en la vida de mis compañeros de prisión.

Muchas mañanas caminaba para visitar a mi vecino de celda, Robert, que estaba cumpliendo una condena de 20 años por un delito de drogas. Nos gustaba charlar con una taza de café instantáneo, que siempre parecía tener la consistencia de aserrín y agua. Robert refunfuñaba por perderse la vida de sus hijos y de lo difícil que era para su esposa quien estaba tratando de mantener unida a la familia a través de dos décadas sin él. Lo peor de todo, Robert vociferaba sobre uno de sus amigos que le había dado la espalda y que habían testificado en su contra. Deseaba que ese amigo muriera. Era claro para mí que la amargura de su vida y de la prisión le había consumido.

Un día me acerqué a la celda de Robert y vi como él sonreía y bailaba mientras barría el piso. Mi primer pensamiento fue que se había drogado. Pero cuando le pregunté por qué parecía tan diferente, no estaba preparado para su respuesta. "Shon, ahora estoy con Jesús," dijo. En cuestión de días, Robert había perdonado al amigo que había testificado en su contra. Hoy Robert está de vuelta en su granja con su familia, y una vez a la semana regresa a la cárcel para dirigir un estudio bíblico para hombres.

Robert no fue ni el primero ni el último preso al que vi experimentar un cambio de vida de manera total y absoluta. Estos reclusos tenían un gran efecto en mí, porque yo vi cómo la gracia puede transformar a todos, incluso a los presos—quizá especialmente a los presos.

Me resultaba cada vez más difícil de racionalizar seguir viviendo lejos de Dios.

Sabios consejos

Fui liberado de la cárcel en el mes de Abril del 2009, durante el corazón de la recesión, cuando nadie, y mucho menos un ex recluso, podría encontrar trabajo. Pero en cuestión de meses, otra gracia llegó: Encontré trabajo en una impresora principal de la Corte Suprema en Omaha, ayudando a los abogados a perfeccionar sus escritos.

Cuando Annie y yo nos comprometimos, decidimos que queríamos que mi amigo, pastor Marty Barnhart, oficiara la ceremonia. Que Dios le bendiga, Marty no estaba de acuerdo a hacerlo hasta que hubiéramos ido a la consejería prematrimonial.

Nuestra primera sesión de asesoramiento fue, en una palabra, memorable. En lugar de hablar del matrimonio, Marty preguntó lo que creíamos acerca de Jesús. Cuando habló de la gracia—de ese don gratuito de la salvación—presté atención, sobre todo cuando dijo que yo podía ser perdonado. "Sí, incluso usted, Shon," dijo.

Al día siguiente no pude evitar la sensación de que Dios me había estado buscando durante mucho tiempo y que si abandonaba mi obstinación y el egoísmo, y le entregaba todo a El, yo iba a encontrar la redención.

¿Qué significa ser redimido? ¿Y cómo te redimes a ti mismo después de robar cinco bancos?

La respuesta es que no puedes. La respuesta es que se necesita un poco de ayuda.

En Efesios 1:7-8, Pablo escribe que en Cristo "en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia." Para decirlo de otra forma, a causa de nuestros pecados, ninguno de nosotros—y definitivamente ningún ex convicto como yo—puede redimirse a sí mismo. Necesitamos el evangelio de la gracia, que dice que cada uno de nosotros importa y tiene valor porque estamos hechos a imagen de Dios. La gracia dice que no somos definidos por nuestras fallas y nuestras faltas, sino por un amor sin mérito o condiciones.

La gracia de Dios fue suficiente para redimirnos.

Entrega

Han pasado casi cinco años desde que tomé la decisión más importante de mi vida: entregarme a esta gracia. Annie y yo nos casamos, y ella también se convirtió en creyente. Fuimos bautizados juntos en la iglesia Christ Community en Omaha. Tuvimos un hijo, al que hemos llamado Marcos, como mi padre, un hombre de fe que falleció después de una larga batalla contra el cáncer, mientras yo todavía estaba encarcelado. Y unos años más tarde tuvimos una niña, a quien le pusimos por nombre Gracia.

Nos mudamos de Nebraska a Seattle, para asistir a la Facultad de Derecho de la Universidad de Washington en una beca completa de la Fundación Bill y Melinda Gates. Durante este tiempo, he servido como voluntario en un objetivo de acabar con la encarcelación en masa en los Estados Unidos. Estoy motivado por la creencia de que los presos no están más allá del alcance de la redención de Dios. Hemos sido alimentamos por nuestra iglesia, Mars Hill, en Seattle, donde hemos conocido a cristianos que viven su fe con gracia y compasión.

Después de graduarme en la primavera, nos trasladaremos a Washington, DC, y comenzaré a trabajar como asistente para un juez de la Corte de Apelaciones de EE.UU. para el Circuito del distrito federal.

Decir que hemos sido bendecidos no es suficiente.

A través de todo, desde lo increíble a lo mundano, Dios nos amó. A través de todo, Dios nos ha dado un propósito. Para mí, ese propósito gira en torno al arrepentimiento, amar a mi esposa y a mis hijos, compartir la gracia que se me ha dado, y usar mi conocimiento legal para ayudar a aquellos que no pueden pagar un abogado competente.

Mirando hacia atrás a lo largo de mi vida, puedo ver que a pesar de que rara vez devolvía el favor, Dios acaloradamente me perseguía.

Shon Hopwood es un becado en derecho de Gates Public Service en la facultad de derecho de la Universidad de Washington y autor de Law Man: My Story of Robbing Banks, Winning Supreme Court Cases, and Finding Redemption [Hombre de ley: Mi historia de robar bancos, ganar casos ante la corte suprema, y encontrar redención] (Crown Publishing/Random House).

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