sábado, 3 de enero de 2015

El origen del movimiento mesiánico actual

Encontré este interesante artículo acerca de la historia del movimiento mesiánico actual, lo sorprendente es que es un movimiento muy reciente que recién a tomado auge en estos últimos 25 años.

Origen del judaísmo mesiánico


El movimiento “mesiánico” no surgió espontáneamente del Judaísmo como una tendencia que se replanteara el tema de Jesús de Nazaret y, como consecuencia, le aceptase como Mesías. El origen de este movimiento está en la Iglesia de Inglaterra (también llamada Anglicana o Episcopal), una de las principales tendencias del Protestantismo europeo.

Sus antecedentes son las doctrinas del Anglo-Israelismo (British Israelism, en inglés), una tendencia ideológica que empezó a consolidarse hacia el siglo XVIII, que cobró forma definida entre los siglos XIX y XX, y que nutrió las tendencias heterodoxas del Protestantismo anglosajón.

¿A qué me refiero con esto? A que en ese período, el Protestantismo estaba pasando por una fase que pasan todas las religiones: definir los límites de sus posibles creencias. Y esto sólo es posible cuando un grupo disidente aparece con una nueva propuesta, y los demás grupos reaccionan diciendo algo así como “ah, no; ¡eso sí que no!”

Las creencias Anglo-Israelitas del siglo XVIII decían que los anglo-sajones eran descendientes directos de una Tribu Perdida de Israel.En el siglo XIX, esta idea llegó a su forma clásica gracias al teólogo Edward Hine, según el cual los ingleses son descendientes de la Tribu de Efraim. No es una idea difícil de interpretar en un nivel sociológico: en ese momento, Inglaterra estaba convirtiéndose en la mayor potencia colonial del mundo, y mucha de su teología estaba enfocada a demostrar que ellos eran los portadores del “cristianismo correcto”, razón por la cual tenían la preferencia de D-os. El punto culminante de esta teología que justificaba la expansión colonial inglesa, fue proponer que los ingleses eran parte FÍSICA de Israel y, por lo tanto, las promesas hechas por D-os al Israel físico eran verdadero patrimonio de los ingleses.

Basta revisar algunas frases del Himno And If Those Feet, escrito por Edward Blake y musicalizado por Hubert Parry, y que sigue siendo el Himno Nacional extra-oficial de los ingleses: “… hasta que reconstruyamos a Jerusalén en las verdes campiñas de Inglaterra…”.

Esta creencia no supuso una ruptura con el Protestantismo tradicional. No era una doctrina oficial, pero no se contraponía al cuerpo de creencias fundamentales de Iglesias como la Anglicana, la Presbiteriana, la Metodista o la Luterana (las grandes denominaciones protestantes). Sin embargo, cuando el Anglo-Israelismo llegó a los Estados Unidos (que tenían poco de haberse independizado) empezó a generar posturas cada vez más radicales.

Así, en 1838 un joven presbiteriano de carácter volátil empezó a publicar sus experiencias místicas en un periódico. Ese fue el inicio de lo que hoy conocemos como Iglesia del Mormón. Joseph Smith, su fundador, fue demasiado lejos en sus intentos de “renovar” la fe cristiana, y empezó a predicar que él había recibido un nuevo complemento de la “revelación escrita”: el Libro de Mormón, continuidad del Nuevo Testamento, escritura “verdaderamente inspirada”. Por unanimidad, las Iglesias Protestantes tradicionalistas rechazaron las doctrinas de Joseph Smith, y el Mormonismo quedó afuera del espectro de iglesias identificadas con el Protestantismo.

Las ideas Anglo-Israelitas jugaron un papel importante en la confección del Mormonismo: según esta iglesia, los pueblos nativos americanos son descendientes directos de dos patriarcas judíos -Lamán y Nefi-, que huyeron de Jerusalén durante el asedio babilónico (hacia el año 600 AEC), y que llegaron a una “nueva tierra prometida”, ubicada en lo que hoy son los Estados Unidos de Norteamérica. Otra vez la idea de que una nación protestante anglo-sajona es parte de Israel y, por lo tanto, heredera de las promesas que D-os hizo en la Biblia al pueblo judío.

Unos pocos años después, un predicador metodista -William Miller- llegó a la conclusión (gracias a sus sesudas investigaciones) que Jesucristo habría de regresar a la Tierra en 1843. Al fallar, “corrigió” sus investigaciones y dijo que en 1844. Al volver a fallar, se deprimió y se retiró del negocio de las predicciones.

Extrañamente, sus decepcionados seguidores encontraron dos formas de reorganizarse (tanto en sus ideas como en sus hábitos religiosos), y de allí surgieron dos nuevas vertientes de cuna protestante: los Testigos de J. y los Adventistas del Séptimo Día. Los primeros fueron rechazados por las demás Iglesias Protestantes porque negaban la deidad de Jesucristo, así como la existencia de la vida ultraterrena. Los segundos, porque rechazaron seguir reuniéndose en domingo, argumentando que D-os le había ordenado a Israel guardar el sábado como día sagrado.

El Anglo-Israelismo tuvo una fuerte influencia en estas dos rupturas ideológicas, ya que una de sus ideas fundamentales era que el requisito obligado para el regreso de Jesucristo es la conversión de los judíos. Y todos estos movimientos, al asumirse como la restauración de la “verdadera fe”, asumieron también que dicha conversión del pueblo judío era inminente.

Es interesante cómo estas tres disidencias del Protestantismo exploraron alguna línea del Anglo-Israelismo. Los tres grupos tienen -hasta la fecha- la convicción de que el regreso de Jesucristo es inminente. Incluso, el nombre oficial del Mormonismo es Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El Mormonismo retomó otro énfasis especial: la idea de que las Tribus Perdidas de Israel son el origen último de naciones tradicionalmente vistas como “gentiles”. Los Testigos de J. recuperaron otro énfasis de evidente perfil judaico: negar que un ser humano sea D-os mismo, intentando con ello recuperar un verdadero monoteísmo. Por su parte, los Adventistas se fueron por el lado de “restaurar” el verdadero día para adorar a D-os: el sábado (hasta la fecha, se reúnen los sábados, pero de ningún modo usan costumbres judías; sus hábitos litúrgicos son típicamente protestantes).

Al mismo tiempo que estas disidencias se gestaban y consolidaban en Estados Unidos, en Inglaterra se consolidó otra nueva forma de comunidad Anglo-Israelita: la Alianza de Hebreos-Cristianos de Gran Bretaña (1867). Este grupo se integró con miembros de la Iglesia de Inglaterra con algún origen judío (conversos al cristianismo o hijos o nietos de algún judío converso, generalmente en la Iglesia Anglicana). Naturalmente, este grupo despertó sospechas e incomodidad en algunos líderes cristianos, y por ello se dedicaron sistemáticamente a aclarar que NO TENÍAN NINGUNA INTENCIÓN DE ABANDONAR EL CRISTIANISMO, sino que -por el contrario- pretendían consolidarse como EL BRAZO MISIONERO de la Iglesia Cristiana para lograr la conversión de los judíos (para que así pudiera estar todo listo para el regreso de Jesucristo).

Gracias a ello, las Alianzas Hebreo-Cristianas florecieron y se mantuvieron dentro de la Iglesia de Inglaterra (incluso, todavía en 1981 seguían publicandose revistas de este tipo de grupos). Sin embargo, en Estados Unidos la historia fue diferente: siguiendo inevitablemente los pasos de las heterodoxias que ya habían roto con el Protestantismo Tradicional, la Alianza Hebreo-Cristiana de América (fundada en 1915) vino a transformarse en la primera Alianza Judeo-Mesiánica en 1925. ¿Su objetivo? “Recuperar” su identidad judía, aunque sin dejar de creer en Jesús.

Al igual que en la Alianza Hebreo-Cristiana de Gran Bretaña, este movimiento estuvo integrado básicamente por algunos judíos convertidos al Cristianismo, y otros hijos o nietos de judíos conversos. Vale la pena señalar que los que habían nacido judíos, en general habían recibido una muy precaria -si no es que nula- formación religiosa.

Durante casi medio siglo, el movimiento Judeo-Mesiánico pasó sin pena ni gloria. Lejos de emanciparse del Cristianismo para reforzar su supuesta identidad judía, se comportó como una discreta tendencia protestante o evangélica, y la mayoría de sus miembros frecuentaba Iglesias Bautistas, Metodistas, Presbiterianas, Congregacionales o Pentecostales.

Esta situación sólo vino a cambiar hasta los años 70’s, bajo el liderazgo de Moshe Rosen y Martin Chernoff (otro par de judíos con una formación religiosa muy limitada, que en su juventud se convirtieron al Cristianismo).

Cada uno se planteó estrategias diferentes para “reavivar” al movimiento Mesiánico. La idea de Rosen fue totalmente cristiana, y fundó un grupo que se asume como perfectamente evangélico y protestante, pero que cree que los judíos podemos ser convencidos si vemos protestantes con kaftán, barba, sombrero y peyes. Y eso es el grupo Jews for Jesus. La idea fundamental de Rosen fue que los judíos teníamos que sentirnos cómodos con la idea de que seguir al Mesías Yehoshúa no nos obligaba a renunciar a nuestra identidad, y por eso diseñó -literlamente- una iglesia protestante donde la gente se viste como judíos.

Chernoff quiso retomar la idea original que generó al movimiento Judeo-Mesiánico en 1925: emanciparse del Cristianismo y consolidar la identidad judía. Usando la música (“alabanzas davídicas”, le llamó él) como su principal herramienta promocional, su liderazgo generó un verdadero auge y en el transcurso de las dos siguientes décadas se abrieron cientos de nuevas “sinagogas mesiánicas”. Sin embargo, ya en los años 90’s, los Judíos Mesiánicos se toparon con una severa crisis: sus “sinagogas” no estaban integradas por judíos que hubieran creído en el Mesías Yehoshúa, sino por cristianos que ahora se sentían judíos. La consecuencia fue que, contrario al plan original, las “sinagogas mesiánicas” eran exactamente iguales a cualquier otra iglesia protestante o evangélica. Acaso, la única diferencia es que en algunas los hombres se ponían kipá.

Si acaso había judíos en estos grupos, eran personas que en la mayoría de los casos no calificaban como judíos halájicamente (hijos o nietos de judíos pero no por la línea materna). Por ello, fueron incapaces de aportar algo de “identidad judía” al movimiento.

En los 90’s, dos teólogos mesiánicos intentaron replantear las directrices del movimiento sin mucho éxito: David Stern y John Secada. Hasta la fecha, siguen sin poder emanciparse del Cristianismo, y los líderes Mesiánicos interactúan permanentemente con los líderes protestantes, a la par que mantienen una distancia absoluta, irreconciliable, con el Judaísmo verdadero.


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